Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.
Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.
Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.
De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.
Octavio Paz
sábado, 26 de diciembre de 2009
martes, 22 de diciembre de 2009
Respuesta a la costurera y al viento
Tampoco me gusta la nada, César, como a todos los hombres, ni el movimiento que nos precipita al vacío, a estar solos y a no pertenecer, pero nos movemos, atraídos por fuerzas que desconocemos, siempre alejándonos, pero siempre hacia la Patagonia.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Pedro Paramo (Fragmentos)
Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. "Ayúdame, Susana." Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos. "Suelta más hilo."
El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra.
A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras.
Juan Rulfo
El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra.
A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras.
Juan Rulfo
miércoles, 9 de diciembre de 2009
viernes, 27 de noviembre de 2009
Líneas brownoideas
Nos íbamos, nos vamos, nos fuimos, y sin embargo el movimiento brownoideo, las casualidades, los hilos transparentes que nos sujetan, las figuras que se forman en el aire, los sueños, la lluvia, la música. Nos fuimos, ya no estamos, y sin embargo tantas cosas, tantas formas que ni un nombre poseen, que al momento de pensarlas se evaporan, se disipan o se van, como nosotros. No estamos, nos hemos ido, nos esfumamos, y sin embargo…
jueves, 19 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
Llanto obligado (ante una fuente de roma)
hay cosas que no comprendo
sino llorando
ríos de sangre por cierto
pero en sus manos un vaso de agua
y entre sus ojos un ruido atroz
de vidrios rotos
además caminaba ¿recuerdas?
caminaba todavía
cuando murió
es decir que se iba
naturalmente
que abandonaba
la mantequilla
que no volvía
más nunca
que su vestido
estaba vacío
que no veía
que no escuchaba
sino tambores
que conocía
que padecía
que describía
el desastre.
Jorge Eduardo Eielson
sino llorando
ríos de sangre por cierto
pero en sus manos un vaso de agua
y entre sus ojos un ruido atroz
de vidrios rotos
además caminaba ¿recuerdas?
caminaba todavía
cuando murió
es decir que se iba
naturalmente
que abandonaba
la mantequilla
que no volvía
más nunca
que su vestido
estaba vacío
que no veía
que no escuchaba
sino tambores
que conocía
que padecía
que describía
el desastre.
Jorge Eduardo Eielson
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