miércoles, 25 de enero de 2012

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Me habitué a vivir en dos. Cambie los códigos de mi comunicación más íntima y los hice casi invisibles desde afuera. Destruí todos aquellos lugares comunes a los que acudimos para no sentirnos solos cuando estamos con los que no tenemos nada que compartir. Me fui aislando dulcemente en aquel espacio tibio de aroma suave que era el estar juntos, compartir la misma ventana hacia la vida, espiarte aquel cuadro de imágenes y músicas que pintabas viendo al vacío cuando te sentías sola. Ahora todo recuerdo, pasado o futuro, se cifra en una lengua que yo, solo, no completo, no es divertido hablar si nadie ríe como tú lo hacías. No sé…me pierdo de pronto, en medio de todos, volteo la mirada hacia un espacio vacío donde escapar y escucho un eco, la melodía de un instante que viví contigo. Ignoro otra forma de sentir que tenga que ver con los demás; balbuceo sin sentido si digo lo que siento, horroroso silencio de no tener nada que compartir a los demás, que son el mundo. Vivo en un recuerdo circular- una serie de recuerdos construidos contigo que lo contienen todo- donde de algún modo ya todo lo hablé, ya todo lo escuché. En ese recuerdo conjuré cada una de las partículas de los tiempos vividos y por vivir. Es vergonzoso estar aquí, sintiendo de una forma en la que nadie entiende, a la que nadie de los de aquí pertenece.

Penetran en mí agujas de una vida a la que según recuerdo, solía sentir. Hoy entra mucha luz por la ventana, observo a través de ella, una hoja amarilla que se viste de muerte, no lo sé pero tal vez una hoja que muere pierde el peso del pasado; el dulce oficio de rescatar hojas que morían, aliviarlas de todo ayer para así burlar al tiempo y no sin nostalgia poder conjurar en ellas lo que fuimos y sentimos en ese momento -guardaremos este día entre las horas para siempre- conjurarlo ahí donde ya nadie puede robar la vida, protegerlo del enemigo: nosotros y el olvido.

Me siguen acompañando hasta hoy, son más de veinte; las veo juntas y trato de precisar el lugar y la fecha de cada una, pero yo no soy así, no suelo recordar de esta manera. Para mí todas ellas son una misma sensación, la reiteración de un gesto hermoso que comunica lo que no se puede decir, la misma materia con la que una mirada dice adiós y un silencio dice: te extraño.

Edgar Robles

jueves, 29 de diciembre de 2011

Hoy, 29...

EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.
A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que
no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un
movimiento de la noche.

A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha
de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces
y caminar por la casa
evitando el estallido de ciertos rincones.

En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.

Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.
José Carlos Becerra

martes, 6 de septiembre de 2011

Amore

(…)

Reconozco tu benévola ironía en esta invención de un «aquí» que nos consiente la convivencia menuda y la separación total. Y, en la sólida fortaleza de tu reposo, en la ciudad antigua de tus sueños, allá donde ninguna carta te será jamás entregada, yo creo que tú sabes que, al igual que tú me ofreces un «aquí» inasible y no desleal pese a todo, así parto yo, no para perderte sino para buscarte; ya que en estos enigmas, juegos de palabras, palíndromos, desamores y amores, anfibologías de encuentros y simetrías de fantaseados abrazos, yo debo huir para buscarte, debo abandonarte para conseguirte, y darte la espalda para sorprender tu rostro. Esto sé yo: cuanto más cerca de ti permanezca, cuanto más acepte estos falaces y volubles mapas de la casa en la que podría encontrarte, más oculta, incomprensible, inexistente me estarás. He imaginado en ocasiones que recorría atropelladamente, con antorchas y espadas, esta casa, para hacerla añicos y entregarla a las llamas; y nadie me hubiera retenido. Pero, en tal caso, ¿habrías sido alguna vez algo distinto a los escombros frágiles y fugaces de una casa diseminada por un viento inocuo, pueril? Si te busco, te pierdo; si demuelo lo que me separa de ti, todo aquello que demuelo forma parte de ti; eres tú; me propones un abrazo de escombros. Al perderte, te busco; si me marcho, me vuelvo peregrino, reconociendo que de todos los rasgos de tu rostro, de tu cuerpo, éste, la lejanía, es el que me permite reconocerte por doquier; y en eso eres tú desemejante a cualquier otro.

Por lo tanto, no te diré «adiós», palabra que a su insoportable oratoria une una aguda, penosa deslealtad. Y con todo, sé que hay algo de verdad en esta despedida de encuentro, ya que las extravagancias del tiempo, los balbuceos de los lugares, las velocidades y las subitáneas paradas de las estrellas podrán, en cualquier momento, acercarnos y desunirnos. ¿Estaremos pues innúmeras veces cercanos e invisibles, seré contemplado y transparente, llamado y sordo, nombrado y anónimo por consueta y firme soledad? Chocaré contigo y me disculparé, distraídamente, mirando hacia otro lado; y no reconoceré tu voz que me pregunta «¿Lloverá esta noche?». Esto puedo suponer asimismo: que viajaré contigo, y también que ese viaje tiene un término que podría estar a tiro de piedra de su comienzo.

Por lo tanto, amor, me marcho. En el momento en el que me aplico al itinerario de la salida, y tanteo la fórmula del adiós, es posible que tus sueños, lejanos y lentos, se vean invadidos por un variopinto estrépito de caballos, gente armada, enseñas perdidas, sangre. La sombra arrollada, desgarrada que tú dudosamente vislumbras es aquel que, amándote, persigue el descalabro, feliz ante la catástrofe, y que hace de la deserción una huida, de la silueta asaetada a muerte, el furor de un pendón.

Dejo a mis espaldas una batalla feroz y estridente, con ignotos enemigos, o a quienes sólo yo he consagrado como enemigos, con el objeto de arrebatarles una derrota. El suplicio padecido devasta, dibuja mi cuerpo. La fuga genera, retrospectivamente, todos los síntomas liberadores del descalabro. He rechazado la tentación de la victoria y buscado meticulosamente la muerte, la dispersión de mis miembros. Desmañado, aunque pedante, combatiente, he perdido escudo, armadura, lanza. He experimentado la muerte, he escogido el deshonor de la transfixión por la espalda.

Si la derrota me ofrece la única esperanza de itinerario, persecución y fuga, tengo derecho a rendir honorable homenaje a mis despojos, contrahaciendo una empresa cuyo auténtico heroísmo es completamente secreto, una malicia, un enigma. Yo me pongo de luto por mi propia muerte. Mientras la lengua susurra una risible melopeya de adioses, y los dientes van salmodiando, las manos, recíprocamente muertas, se rememoran con viril dolor, y en cada ojo lágrimas y orgullo se mezclan por la muerte del otro ojo. Funeral por mí mismo, avanzo con solemne andadura, envuelto en el fastuoso carmesí de la sangre; de mis uñas lividecidas, de los párpados entreabiertos, del candor de la calavera nacen nobles parientes afligidos, venidos desde muy lejos, huérfanos escuderos lacrimosos ante mis espuelas, guerreros no desmemoriados del resplandor de mis pupilas. Soy para mí plañidera, melódico sacerdote, y lamentoso cortejo luctuoso. Yo me deploro, consagro, conmemoro, celebro; sepultado, seré mármol anónimo; tumba y fortaleza.

Giorgio Manganelli

lunes, 29 de agosto de 2011

Encontrarte y no...

Como es natural, sé bien dónde encontrarte, dónde buscarte. Adivino ya el día, el gesto.
Y será tan natural sonreir o casi llorar en una página, una música, un silencio...
Te saludaré, de astro a astro, cuando el tiempo se haya llevado hasta nuestros nombres...
E.R.

jueves, 18 de agosto de 2011

Amor

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

Idea Vilariño

domingo, 14 de agosto de 2011

ELEGÍA COMO GRITO PARA UNA TARDE DE DICIEMBRE


A María Elena

Desbaratado el grito, el silencio que cruje en la escalera,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
nadie grita tu nombre, nadie te espera, nadie camina
por la calle recogiendo tu sombra partida en pedacitos,
tu esqueleto partido en pedacitos, nadie te extraña,
puedes echarte a caminar mascando tu tristeza,
puedes perderte para siempre en tu tristeza,
nadie grita tu nombre, nadie te espera,
sólo el silencio que baja y te destroza,
sólo el silencio que baja y te aniquila,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
nadie camina desde la oscura zona del derrumbe,
nadie te espera, di buenas noches, estoy triste, busco a Elena,
la he buscado en todas las grietas de la tarde, no la encuentro,
estoy palpándome ceniza y no la encuentro,
busco a Elena, no vendrá nunca, dile que venga, no vendrá nunca,
llámala hasta que el musgo te nazca en la garganta,
llámala hasta que tu garganta sea de musgo, no vendrá nunca,
di su nombre, repítelo hasta que la lengua se te caiga,
repítelo hasta que los dientes se te caigan, no vendrá nunca,
sólo el silencio que cruje en la escalera te acompaña,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
nadie te espera, di buenas noches, tengo miedo, busco a Elena,
puedes echarte a caminar buscando tu tristeza,
puedes perderte para siempre en tu tristeza, no vendrá Elena nunca,
di su nombre, graba en la noche su perfil de sombra,
su rostro de neblina, su cuerpo sepultado en caracoles,
di su nombre, repítelo hasta que los dientes se te crujan,
clávalo en tu memoria como una enredadera de moluscos,
di su nombre, guarda lo casi nada que te queda, el último sollozo,
el recuerdo como una abandonada calavera, el llanto en pedacitos,
pregunta por Elena, desbaratado el grito,
desbaratados tú y tu sombra que se hunden bajo el grito crujiendo en la escalera,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
sólo tu soledad que llega crujiendo en la escalera,
no está Elena, besa la oscura zona de sus labios,
no está Elena, muerde su sombra fría, no vendrá nunca Elena,
seguirás esperando, seguirás caminando su oquedad con los dedos,
seguirás consumiéndote en tu furia, no vendrá Elena nunca,
recoge su tristeza, envuélvela en su grito,
dile que busque a Elena por las calles,
dile que llame a Elena en las esquinas,
no vendrá nunca, seguirás esperando,
seguirás caminando los muros de la noche,
seguirás destrozando las paredes del sueño,
di su nombre, repítelo hasta que el miedo te derrumbe,
no hay remedio, bajarás con tu sombra al fondo de la tarde,
beberás en la tarde del grito que te ahoga, desbaratado el grito,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
no vendrá nunca Elena, desbaratado tú y tu cuerpo, no vendrá Elena nunca,
sal a la calle y grita, búscala en donde sea,
rompe las puertas, destroza las ventanas, derriba las paredes,
no ha venido, pregunta a los que pasan, no ha venido,
asómate al espejo, Elena, ven, gritando al borde del espejo,
no ha venido, seméjate a su sombra, parécete a su ausencia,
no vendrá nunca, todo duele, nada importa,
desbaratado el grito, el sonido que llega de repente para decir no hay nadie
nadie camina subiendo la escalera, no vendrá nadie,
sólo tu soledad que sube crujiendo a tu esqueleto,
sólo tu soledad crujiendo en tu esqueleto, desbaratado el grito,
desbaratados tú y tu cuerpo, y el grito con que gritan,
mira tu cuerpo que se hunde en el espejo,
mira tu cuerpo que se hunde tras tu grito en el espejo,
entrarás al espejo, seguirás a tu cuerpo que se hunde tras su grito en el espejo,
te hundirás tras tu cuerpo y tras tu grito en el cuerpo de Elena, oculto en el espejo,
volverás del espejo con el cuerpo de Elena metido entre tu cuerpo,
ámala y sálvate, ámala y quiebra tu alarido, no vendrá Elena nunca,
seguirás esperando, seguirás escarbando entre la noche en busca de su cuerpo,
no vendrá Elena nunca, quedarás para siempre roída la conciencia,
amargo el llanto, fúnebre el recuerdo, no vendrá Elena nunca,
sólo la sombra de su sombra habita en el espejo,
sólo la sombra de tu sombra baja crujiendo la escalera,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
no vendrá nadie nunca,
puedes echarte a caminar mascando tu tristeza,
puedes perderte para siempre en tu tristeza,
nadie jamás te llamará en la noche,
nadie jamás recogerá tu cuerpo partido en pedacitos,
tu esqueleto partido en pedacitos,
desbaratados tú y tu calavera abandonada,
un sonido de luna se derrumba, un sonido de espanto se desploma,
vete por el espejo, Elena, ven, gritando en el espejo,
ámala y sálvate, ámala y quiebra tu alarido, no vendrá nunca,
ámala y húndete en la furia, no vendrá nunca,
desbaratados para siempre tú y tu cuerpo,
desbaratado el grito, el silencio que cruje en la escalera,
el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,
no vendrá nunca nadie,
y cerrar esta puerta.

Max Rojas

miércoles, 3 de agosto de 2011

...de repente.

¿Cómo me afectó la noticia? Quisiera hablarte con franqueza. Si miro en mi interior y busco bien entre mis recuerdos, sólo puedo contestar de una manera: no me afectó en absoluto. Cuesta mucho comprender el verdadero significado de las acciones y las relaciones humanas. Por ejemplo, muere alguíen y tú no sientes nada. Lo entierran y sigues sin sentir nada. Te pones de luto cuando sales y miras hacia delante con ceremoniosa tristeza, pero en casa, cuando estás a solas, bostezas, te rascas la nariz o lees un libro, y piensas en cualquier otra cosa o persona salvo en el difunto por quien estás de luto. De cara al exterior te hallas en un estado de fúnebre dolor, pero en tu interior compruebas con incredulidad que no sientes absolutamente nada, si acaso un vago sentimiento de culpa mezclado con una especie de alivio. E indiferencia, profunda indiferencia. Esto dura un tiempo, días, quizá meses. Engañas al mundo, sigues viviendo hipócrita con tu insensibilidad disimulada. Y de repente, un día, muchos años más tarde, cuando el difunto ya se ha podrido la nariz, vas andando por la calle y de pronto te mareas, tienes que apoyarte en la pared porque por fin lo entiendes. Entiendes el sentimiento que te ataba al difunto. El significado de la muerte. La dura realidad, el hecho ineludible de que, aunque caves con tus propias manos en la tierra para exhumar sus restos, nunca volverás a ver su sonrisa, y toda la sabiduría y el poder del mundo serán incapaces de lograr que él, el muerto, se te acerque de frente sonriendo. Puedes ocupar los cinco continentes a la cabeza de un ejército inmenso, que no servirá de nada. Y entonces te pones a gritar. O quizá no, sólo te quedas inmóvil en medio de la calle, pálido, sintiendo un vacío tan impresionante como si el mundo entero no tuviera ningún sentido y te hubieras quedado solo en la Tierra.

Sándor Márai