miércoles, 29 de febrero de 2012
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martes, 14 de febrero de 2012
El día
Mensajes anónimos, cartas a quien corresponda, paredes para hablar, muros, concreto puro.
El problema no es estar solo, cada uno en sí mismo, fuera de alguien más, sino querer traspasar el muro, tener un destinatario, hablar, sobrepasar al otro, tirar el concreto.
Sofía Cortés
domingo, 29 de enero de 2012
viernes, 27 de enero de 2012
miércoles, 25 de enero de 2012
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Me habitué a vivir en dos. Cambie los códigos de mi comunicación más íntima y los hice casi invisibles desde afuera. Destruí todos aquellos lugares comunes a los que acudimos para no sentirnos solos cuando estamos con los que no tenemos nada que compartir. Me fui aislando dulcemente en aquel espacio tibio de aroma suave que era el estar juntos, compartir la misma ventana hacia la vida, espiarte aquel cuadro de imágenes y músicas que pintabas viendo al vacío cuando te sentías sola. Ahora todo recuerdo, pasado o futuro, se cifra en una lengua que yo, solo, no completo, no es divertido hablar si nadie ríe como tú lo hacías. No sé…me pierdo de pronto, en medio de todos, volteo la mirada hacia un espacio vacío donde escapar y escucho un eco, la melodía de un instante que viví contigo. Ignoro otra forma de sentir que tenga que ver con los demás; balbuceo sin sentido si digo lo que siento, horroroso silencio de no tener nada que compartir a los demás, que son el mundo. Vivo en un recuerdo circular- una serie de recuerdos construidos contigo que lo contienen todo- donde de algún modo ya todo lo hablé, ya todo lo escuché. En ese recuerdo conjuré cada una de las partículas de los tiempos vividos y por vivir. Es vergonzoso estar aquí, sintiendo de una forma en la que nadie entiende, a la que nadie de los de aquí pertenece.
Penetran en mí agujas de una vida a la que según recuerdo, solía sentir. Hoy entra mucha luz por la ventana, observo a través de ella, una hoja amarilla que se viste de muerte, no lo sé pero tal vez una hoja que muere pierde el peso del pasado; el dulce oficio de rescatar hojas que morían, aliviarlas de todo ayer para así burlar al tiempo y no sin nostalgia poder conjurar en ellas lo que fuimos y sentimos en ese momento -guardaremos este día entre las horas para siempre- conjurarlo ahí donde ya nadie puede robar la vida, protegerlo del enemigo: nosotros y el olvido.
Me siguen acompañando hasta hoy, son más de veinte; las veo juntas y trato de precisar el lugar y la fecha de cada una, pero yo no soy así, no suelo recordar de esta manera. Para mí todas ellas son una misma sensación, la reiteración de un gesto hermoso que comunica lo que no se puede decir, la misma materia con la que una mirada dice adiós y un silencio dice: te extraño.
Edgar Robles
jueves, 19 de enero de 2012
jueves, 29 de diciembre de 2011
Hoy, 29...
EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS
A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.
A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que
no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un
movimiento de la noche.
A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha
de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces
y caminar por la casa
evitando el estallido de ciertos rincones.
En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.
Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.
José Carlos Becerra
martes, 6 de septiembre de 2011
Amore
(…)
Reconozco tu benévola ironía en esta invención de un «aquí» que nos consiente la convivencia menuda y la separación total. Y, en la sólida fortaleza de tu reposo, en la ciudad antigua de tus sueños, allá donde ninguna carta te será jamás entregada, yo creo que tú sabes que, al igual que tú me ofreces un «aquí» inasible y no desleal pese a todo, así parto yo, no para perderte sino para buscarte; ya que en estos enigmas, juegos de palabras, palíndromos, desamores y amores, anfibologías de encuentros y simetrías de fantaseados abrazos, yo debo huir para buscarte, debo abandonarte para conseguirte, y darte la espalda para sorprender tu rostro. Esto sé yo: cuanto más cerca de ti permanezca, cuanto más acepte estos falaces y volubles mapas de la casa en la que podría encontrarte, más oculta, incomprensible, inexistente me estarás. He imaginado en ocasiones que recorría atropelladamente, con antorchas y espadas, esta casa, para hacerla añicos y entregarla a las llamas; y nadie me hubiera retenido. Pero, en tal caso, ¿habrías sido alguna vez algo distinto a los escombros frágiles y fugaces de una casa diseminada por un viento inocuo, pueril? Si te busco, te pierdo; si demuelo lo que me separa de ti, todo aquello que demuelo forma parte de ti; eres tú; me propones un abrazo de escombros. Al perderte, te busco; si me marcho, me vuelvo peregrino, reconociendo que de todos los rasgos de tu rostro, de tu cuerpo, éste, la lejanía, es el que me permite reconocerte por doquier; y en eso eres tú desemejante a cualquier otro.
Por lo tanto, no te diré «adiós», palabra que a su insoportable oratoria une una aguda, penosa deslealtad. Y con todo, sé que hay algo de verdad en esta despedida de encuentro, ya que las extravagancias del tiempo, los balbuceos de los lugares, las velocidades y las subitáneas paradas de las estrellas podrán, en cualquier momento, acercarnos y desunirnos. ¿Estaremos pues innúmeras veces cercanos e invisibles, seré contemplado y transparente, llamado y sordo, nombrado y anónimo por consueta y firme soledad? Chocaré contigo y me disculparé, distraídamente, mirando hacia otro lado; y no reconoceré tu voz que me pregunta «¿Lloverá esta noche?». Esto puedo suponer asimismo: que viajaré contigo, y también que ese viaje tiene un término que podría estar a tiro de piedra de su comienzo.
Por lo tanto, amor, me marcho. En el momento en el que me aplico al itinerario de la salida, y tanteo la fórmula del adiós, es posible que tus sueños, lejanos y lentos, se vean invadidos por un variopinto estrépito de caballos, gente armada, enseñas perdidas, sangre. La sombra arrollada, desgarrada que tú dudosamente vislumbras es aquel que, amándote, persigue el descalabro, feliz ante la catástrofe, y que hace de la deserción una huida, de la silueta asaetada a muerte, el furor de un pendón.
Dejo a mis espaldas una batalla feroz y estridente, con ignotos enemigos, o a quienes sólo yo he consagrado como enemigos, con el objeto de arrebatarles una derrota. El suplicio padecido devasta, dibuja mi cuerpo. La fuga genera, retrospectivamente, todos los síntomas liberadores del descalabro. He rechazado la tentación de la victoria y buscado meticulosamente la muerte, la dispersión de mis miembros. Desmañado, aunque pedante, combatiente, he perdido escudo, armadura, lanza. He experimentado la muerte, he escogido el deshonor de la transfixión por la espalda.
Si la derrota me ofrece la única esperanza de itinerario, persecución y fuga, tengo derecho a rendir honorable homenaje a mis despojos, contrahaciendo una empresa cuyo auténtico heroísmo es completamente secreto, una malicia, un enigma. Yo me pongo de luto por mi propia muerte. Mientras la lengua susurra una risible melopeya de adioses, y los dientes van salmodiando, las manos, recíprocamente muertas, se rememoran con viril dolor, y en cada ojo lágrimas y orgullo se mezclan por la muerte del otro ojo. Funeral por mí mismo, avanzo con solemne andadura, envuelto en el fastuoso carmesí de la sangre; de mis uñas lividecidas, de los párpados entreabiertos, del candor de la calavera nacen nobles parientes afligidos, venidos desde muy lejos, huérfanos escuderos lacrimosos ante mis espuelas, guerreros no desmemoriados del resplandor de mis pupilas. Soy para mí plañidera, melódico sacerdote, y lamentoso cortejo luctuoso. Yo me deploro, consagro, conmemoro, celebro; sepultado, seré mármol anónimo; tumba y fortaleza.
Giorgio Manganelli